Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Espero que no hayamos llegado demasiado tarde —dijo—. Creo, señorita Hunter, que será mejor que no entre con nosotros. Ahora, Watson, arrime el hombro y veamos si podemos abrirnos paso.
Era una puerta vieja y destartalada que cedió a nuestro primer intento. Nos precipitamos juntos en la habitación y la encontramos desierta. No habÃa más muebles que un camastro, una mesita y un cesto de ropa blanca. La claraboya del techo estaba abierta, y la prisionera habÃa desaparecido.
—Aquà se ha cometido alguna infamia —dijo Holmes—. Nuestro amigo adivinó las intenciones de la señorita Hunter y se ha llevado a su vÃctima a otra parte.
—Pero ¿cómo?
—Por la claraboya. Ahora veremos cómo se las arregló —se izó hasta el tejado—. ¡Ah, sÃ! —exclamó—. Aquà veo el extremo de una escalera de mano apoyada en el alero. Asà es como lo hizo.
—Pero eso es imposible —dijo la señorita Hunter—. La escalera no estaba ahà cuando se marcharon los Rucastle.
—Él volvió y se la llevó. Ya le digo que es un tipo astuto y peligroso. No me sorprenderÃa mucho que esos pasos que se oyen por la escalera sean suyos. Creo, Watson, que más vale que tenga preparada su pistola.