Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Apenas había acabado de pronunciar estas palabras cuando apareció un hombre en la puerta de la habitación, un hombre muy gordo y corpulento con un grueso bastón en la mano. Al verlo, la señorita Hunter soltó un grito y se encogió contra la pared, pero Sherlock Holmes dio un salto adelante y le hizo frente.
—¿Dónde está su hija, canalla? —dijo.
El gordo miró en torno suyo y después hacia la claraboya abierta.
—¡Soy yo quien hace las preguntas! —chilló—. ¡Ladrones! ¡Espías y ladrones! ¡Pero os he cogido! ¡Os tengo en mi poder! ¡Ya os daré yo! —dio media vuelta y corrió escaleras abajo, tan deprisa como pudo.
—¡Ha ido por el perro! —gritó la señorita Hunter.
—Tengo mi revólver —dije yo.
—Más vale que cerremos la puerta principal —gritó Holmes, y todos bajamos corriendo las escaleras.
Apenas habíamos llegado al vestíbulo cuando oímos el ladrido de un perro y a continuación un grito de agonía, junto con un gruñido horrible que causaba espanto escuchar. Un hombre de edad avanzada, con el rostro colorado y las piernas temblorosas, llegó tambaleándose por una puerta lateral.