Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —¡Dios mÃo! —exclamó—. ¡Alguien ha soltado al perro, y lleva dos dÃas sin comer! ¡Deprisa, deprisa, o será demasiado tarde!
Holmes y yo nos abalanzamos fuera y doblamos la esquina de la casa, con Toller siguiéndonos los pasos. Allà estaba la enorme y hambrienta fiera, con el hocico hundido en la garganta de Rucastle, que se retorcÃa en el suelo dando alaridos. Corrà hacia ella y le volé los sesos. Se desplomó con sus blancos y afilados dientes aún clavados en la papada del hombre. Nos costó mucho trabajo separarlos. Llevamos a Rucastle, vivo, pero horriblemente mutilado, a la casa, y lo tendimos sobre el sofá del cuarto de estar. Tras enviar a Toller, que se habÃa despejado de golpe, a que informara a su esposa de lo sucedido, hice lo que pude por aliviar su dolor. Nos encontrábamos todos reunidos en torno al herido cuando se abrió la puerta y entró en la habitación una mujer alta y demacrada.
—¡Señora Toller! —exclamó la señorita Hunter.
—SÃ, señorita. El señor Rucastle me sacó de la bodega cuando volvió, antes de subir a por ustedes. ¡Ah, señorita! Es una pena que no me informara usted de sus planes, porque yo podÃa haberle dicho que se molestaba en vano.