El Agente secreto
El Agente secreto —¡Ah! Aquà está. Bomba en el parque de Greenwich. TodavÃa no hay muchos datos. Las once y media. Mañana de niebla. Los efectos de la explosión se sintieron hasta Romney Road y Park Place. Enorme agujero en la tierra, debajo de un árbol, lleno de raÃces aplastadas y ramas rotas. En todas partes alrededor, pedazos de un cuerpo humano enteramente destrozado. Eso es todo. El resto es puro relleno periodÃstico. No hay duda, dicen, que fue un atentado criminal para volar el Observatorio. Hummm. Eso es difÃcil de creer.
TodavÃa miró el periódico durante un tiempo, en silencio, y después lo pasó al otro, que después de observar abstraÃdo las letras de imprenta lo dejó sin hacer comentarios.
Fue Ossipon quien habló primero, todavÃa resentido.
—Tome nota: los fragmentos de un solo hombre. Ergo: se voló a sà mismo. Eso le estropea el dÃa, ¿no es verdad? ¿Esperaba usted una acción de esta especie? Yo no tenÃa la menor idea —ni la más mÃnima noción de que aquà se pensara en planear algo como esto—, aquà en este paÃs. En las circunstancias actuales, es un perfecto crimen.
El hombrecillo levantó sus delgadas cejas negras con desapasionado desdén.
—¡Un crimen! ¿Qué es eso? ¿Qué es el crimen? ¿Qué sentido puede tener esa afirmación?