El Agente secreto
El Agente secreto —¿Cómo debo expresarme? Uno debe utilizar los términos corrientes —dijo Ossipon, con impaciencia—. El sentido de esta afirmación es que este asunto puede afectar nuestra posición en forma muy negativa en este paÃs. ¿No constituye eso un crimen para usted? Estoy convencido de que usted ha estado entregando últimamente algo de sus productos.
Ossipon miró con dureza. El otro, sin acobardarse, bajó y levantó la cabeza lentamente.
—¡Lo ha hecho! —estalló el editor de los panfletos del F. P. en un intenso susurro—. ¡No! ¿Y los entrega usted en esta forma, sin preguntar nada, al primer loco que se presenta?
—¡Exactamente! El orden social condenado a desaparecer no ha sido construido sobre papel y tinta, y no me imagino que una combinación de papel y tinta pueda ponerle término nunca, piense usted lo que piense. SÃ, entregarÃa el material a dos manos a cada hombre, mujer o loco que quisiera pedÃrmelo. Sé lo que está pensando usted. Pero yo no recibo mis consignas del Comité Rojo. Yo los verÃa a todos ustedes ahuyentados de aquÃ, o arrestados —o decapitados, si es por eso— sin que se me moviera un pelo. Lo que nos sucede como individuos no tiene la más mÃnima importancia.
Hablaba descuidadamente, sin calor, casi sin sentimiento, y Ossipon, muy afectado en su fuero interno, trató de imitar este desapego.