El Agente secreto
El Agente secreto —Nadie lo importunará con detalles, sir Ethelred —comenzó el subcomisario, con una seguridad serena e imperturbable. Mientras hablaba, los minuteros en la esfera del reloj situado a la espalda del gran hombre —un aparato pesado y brillante de volutas macizas del mismo mármol negro de la mesa, y con un tic tac fantasmal, evanescente—, se habÃan movido a través del espacio de siete minutos. Hablaba con deliberada fidelidad a un estilo incidental, dentro del cual cada hecho pequeño —esto es, cada detalle— calzaba con deliciosa facilidad. No hubo un murmullo, ni siquiera un movimiento, que insinuara una interrupción. El gran Personaje podÃa haber sido la estatua de uno de sus propios antepasados principescos despojada de los arreos de guerra de un cruzado, y puesta en una levita mal cortada.[9] El subcomisario sintió como si estuviera en libertad de hablar una hora. Pero conservó la cabeza, y al final del espacio de tiempo mencionado más arriba irrumpió con una conclusión súbita, la cual, al reproducir la declaración inicial, sorprendió agradablemente a sir Ethelred por su aparente fluidez y fuerza.
—La clase de cosas que encontramos debajo de la superficie de este asunto, que en otro caso no serÃan graves, resulta inhabitual —en esta forma precisa, por lo menos— y exige un tratamiento especial.
El tono de sir Ethelred se hizo más profundo, lleno de convicción.