El Agente secreto
El Agente secreto —Ya lo creo… ¡puesto que involucra al embajador de una potencia extranjera!
—¡Oh! ¡El embajador! —protestó el otro, erguido y frágil, permitiéndose tan sólo una media sonrisa—. SerÃa estúpido que yo insinuara nada por el estilo. Y es absolutamente innecesario, porque si mis conjeturas son correctas, el hecho de que sea embajador o portero no es más que un detalle.
Sir Ethelred abrió una boca extensa, como una caverna, hacia cuyo interior parecÃa ansiosa de asomarse la nariz ganchuda; de ahà salió un sonido apagado y ondulante, parecido al de un órgano distante colocado en el registro de la indignación desdeñosa.
—¡No! Esta gente es demasiado imposible. ¿Qué pretenden con importar hasta aquà los métodos de la Crimea tártara? Un turco tendrÃa más decencia.
—Usted olvida, sir Ethelred, que si hablamos con propiedad, todavÃa no sabemos nada concreto.
—¡No! ¿Pero cómo lo definirÃa usted? ¿En dos palabras?
—Audacia descarada que equivale a una forma de infantilismo.