El Agente secreto
El Agente secreto En la sala exterior, Toodles, que había estado esperando inclinado sobre el borde de la mesa, avanzó a su encuentro, reprimiendo su vivacidad natural.
—¿Y? ¿Satisfactorio? —preguntó, con afectada importancia.
—Perfectamente. Usted se ha hecho acreedor a mi eterna gratitud —contestó el subcomisario, cuyo largo rostro parecía de madera en contraste con la peculiar gravedad del otro, que daba la impresión de estar siempre listo para estallar en ondulaciones y risillas.
—Eso está muy bien. Pero usted no puede imaginarse, en serio, lo irritado que está por los ataques a su Ley sobre Nacionalización de Pesquerías. Dicen que es el comienzo de la revolución social. Por supuesto, es una medida revolucionaria. Pero estos sujetos carecen de toda decencia. Los ataques personales…
—Leo los periódicos —observó el subcomisario.
—¿Odioso? ¿Eh? Y usted no tiene idea del volumen de trabajo que tiene que despachar cada día. Lo hace todo él mismo. Parece incapaz de confiar en nadie con estas Pesquerías.
—Y sin embargo, ha destinado media hora completa a la consideración de mi muy pequeña mojarra —exclamó el subcomisario.