El Agente secreto
El Agente secreto El policía de servicio proyectó su sombra y su figura en movimiento contra la luminosa gloria de naranjas y limones, y entró a Brett Street sin prisa. Como si fuera un miembro del mundo del crimen, el subcomisario se escondió, en espera de su regreso. Pero este policía pareció perderse de su institución para siempre. No volvió nunca: debe de haber salido al otro extremo de Brett Street.
El subcomisario llegó a esta conclusión y entró a su vez a la calle, donde encontró un gran carro detenido frente a las ventanas débilmente iluminadas de una casa de comidas para carretoneros. El hombre, adentro, reponía sus fuerzas, y los caballos, con sus cabezotas inclinadas hasta el suelo, se alimentaban sin pausa de los morrales. Más allá, en el lado opuesto de la calle, otro fragmento sospechoso de luz opaca salía de la vitrina de la tienda del señor Verloc, llena de papeles colgantes, atestada de montones inciertos de cajas de cartón y de formas de libros. El subcomisario se quedó observándola desde la acera del frente. No había error posible. Junto a la ventana delantera, obstruida por las sombras de objetos indefinidos, la puerta, entreabierta, dejaba escapar al pavimento una franja estrecha, nítida, de luz de gas del interior.