El Agente secreto
El Agente secreto Con el tiempo se gastó (ya que nada dura) la sensación inicial de seguridad derivada del matrimonio de Winnie, y la madre de la señora Verloc, en el retiro del dormitorio de atrás, evocó las lecciones de la experiencia que el mundo enseña a la mujer viuda. Pero las evocó sin amargura innecesaria; sus reservas de resignación casi se elevaban a la categoría de la dignidad. Ella reflexionó estoicamente que todo decae y se desgasta en este mundo; que a las personas bien dispuestas había que facilitarles el camino de la generosidad; que su hija Winnie era una hermana muy abnegada, y una esposa de toda confianza, sin duda. En lo que se refiere a la abnegación fraternal de Winnie, su estoicismo flaqueaba. Ella exceptuaba aquel sentimiento de la norma general del desgaste que afecta a todas las cosas humanas y a algunas divinas. No podía evitarlo; otra cosa la habría atemorizado mucho. Pero al examinar las condiciones del estado marital de su hija, ella rechazaba decididamente cualquier ilusión halagadora. Ella adoptaba el punto de vista frío y razonable de que mientras menos exigencias se impusieran a la bondad del señor Verloc, más probabilidades había de que sus efectos tuvieran una larga duración. Por supuesto que ese hombre excelente amaba a su mujer, pero no cabía duda de que preferiría mantener el mínimo de las relaciones de ella que fuese compatible con aquel sentimiento. Sería mejor si todo se concentraba en el pobre Stevie. Y la heroica anciana resolvió alejarse de sus hijos como un acto de abnegación y una medida de profunda política.