El Agente secreto
El Agente secreto El coche golpeteaba, repiqueteaba, daba toda clase de remezones bruscos; de hecho, esto último era completamente extraordinario. Debido a su desproporcionada magnitud y violencia, borraba toda sensación de movimiento hacia adelante; y producía el efecto de ser sacudido en un aparato inmóvil semejante a un instrumento medieval para el castigo del crimen, o de algún invento muy rebuscado para la curación de un hígado perezoso. Era extremadamente inquietante; y la voz de la madre de la señora Verloc, al elevarse por encima del bullicio, resonó como un lamento agudo.
—Sé, querida, que vendrás a visitarme lo más a menudo que puedas. ¿No es verdad?
—Por supuesto —respondió Winnie, lacónica, con la vista clavada al frente.
Y el coche se estremeció frente a una tienda sucia y rodeada de humo, en medio de un resplandor de gas y del olor a pescado frito.
La vieja mujer volvió a emitir un lamento.
—Y tengo que ver a ese pobre niño todos los domingos, querida. No le molestará pasar el día con su anciana madre…
Winnie gritó con estolidez:
—¡Imagínate tú! Ya lo creo que no. Ese pobre niño te echará de menos en una forma terrible. Ojalá que hubieras pensado un poco en eso, mamá.