El Agente secreto

El Agente secreto

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¡No pensar en eso! La heroica mujer tragó un objeto juguetón e inconveniente, parecido a una bola de billar, que había tratado de saltar fuera de su garganta. Winnie estuvo un rato muda, haciendo pucheros hacia el frente del coche, y después hizo chasquear la voz, en un tono que no era habitual en ella:

—Me imagino el trabajo que me dará al comienzo, con lo intranquilo que estará…

—Haz lo que quieras, pero no lo dejes molestar a tu marido, querida.

Discutieron de este modo, en términos familiares, los aspectos de una situación nueva. Y el coche daba remezones. La madre de la señora Verloc manifestó algunas preocupaciones. ¿Se podía confiar en que Stevie hiciera solo todo ese recorrido? Winnie sostuvo que ahora estaba mucho menos «ido». Estuvieron de acuerdo en eso. Era algo que no se podía negar. Mucho menos, casi nada. Se hablaban a gritos en medio de la sonajera con relativa animación. Pero de pronto la ansiedad maternal volvió a salir a flote. Había que tomar dos buses, y hacer una pequeña caminata entremedio. ¡Era demasiado difícil! La vieja mujer se vio abrumada por el dolor y la consternación.

Winnie miró al frente.

—No te alteres en esta forma, mamá. Tienes que verlo, por supuesto.

—No, querida. Trataré de no hacerlo.


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