El Agente secreto
El Agente secreto Después de meterse a la cama en su lado, el señor Verloc permaneció postrado y mudo detrás de la espalda de la señora Verloc. Sus gruesos brazos permanecieron abandonados en la parte exterior del cubrecama, como armas inutilizadas, como herramientas desechadas. En ese momento le faltaba un pelo para confesárselo todo a su mujer. El momento parecía propicio. Mirando por las esquinas de los ojos, vio sus hombros voluminosos envueltos en la ropa blanca, la parte posterior de su cabeza, con el pelo arreglado para la noche en tres trenzas atadas con cintas negras en los extremos. Y él se abstuvo. El señor Verloc amaba a su esposa como se debe amar a una esposa —esto es, maritalmente, con la consideración que uno tiene por su posesión principal—. Esta cabeza arreglada para la noche, estos hombros voluminosos, tenían un aspecto de santidad familiar: la santidad de la paz doméstica. Ella no se movía, maciza e informe como una estatua tumbada a la intemperie; él recordó sus ojos abiertos de par en par y contemplando la habitación vacía. Ella era misteriosa, con el misterio de los seres vivientes. El famoso agente secreto A de los despachos alarmistas del difunto barón Stott-Wartenheim no era hombre de penetrar en tales misterios. Se intimidaba con facilidad. Y también era indolente, con esa indolencia que a menudo es el secreto del buen carácter. Se abstuvo de tocar ese misterio por amor, timidez, e indolencia. Siempre habría tiempo suficiente. Durante varios minutos soportó sus sufrimientos en forma silenciosa en el silencio somnoliento del dormitorio. Y después lo perturbó con una declaración resuelta.