El Agente secreto
El Agente secreto —Viajo al continente mañana.
Su mujer ya podía haberse quedado dormida. Él no podía saberlo. En realidad, la señora Verloc le había escuchado. Sus ojos permanecieron muy abiertos, y ella continuó muy quieta, confirmada en su convicción instintiva de que las cosas no toleran que se las examine demasiado de cerca. Y sin embargo, no había nada de anormal en el hecho de que el señor Verloc hiciera ese viaje. Renovaba sus existencias en París y Bruselas. A veces iba a hacer sus adquisiciones en persona. Alrededor de la tienda de Brett Street había empezado a formarse un pequeño grupo selecto de aficionados, un grupo de relaciones secretas extremadamente adecuadas para cualquier negocio que emprendiera el señor Verloc, quien, debido a una concordancia mística del temperamento y de la necesidad, había sido destinado a ser un agente secreto toda su vida.
Esperó un momento, y añadió en seguida:
—Estaré fuera una semana o quizá quince días. Consigue que la señora Neale venga por el día.
La señora Neale era la sirvienta de Brett Street. Víctima de su matrimonio con un carpintero disipado, estaba oprimida por las necesidades de muchos hijos pequeños. De brazos rojos, y cubierta hasta las axilas por un tosco delantal de tela de saco, exudaba la angustia de los pobres en un hálito de aguas jabonosas y de ron, en el ruido del fregado y en el estrépito de los baldes.