El Agente secreto

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El inspector jefe, con la mirada atenta, hizo un breve movimiento de comprensión, y abrió la puerta. La señora Verloc, detrás del mostrador, pudo haber escuchado pero no vio su partida, seguida por el estrépito agresivo de la campanilla. Se sentó en su puesto de trabajo detrás del mostrador. Se sentó rígidamente erecta en la silla, con dos pedazos sucios de papel rosado tirados a los pies. Las palmas de sus manos estaban apretadas en forma convulsiva contra su cara, con las puntas de los dedos contraídos contra la frente, como si la piel hubiera sido una máscara que ella estuviera dispuesta a arrancarse violentamente. La inmovilidad perfecta de su actitud expresaba la agitación de la rabia y la desesperación, toda la violencia latente de las pasiones trágicas, mejor de lo que la hubiera expresado cualquier despliegue fútil de alaridos, con el azotar de una cabeza descontrolada contra los muros. El inspector jefe Heat, al cruzar la tienda con su paso rítmico y ocupado, se limitó a dirigirle una mirada rápida. Y cuando la campanilla trizada cesó de temblar en su cinta de acero curvo, nada se movió cerca de la señora Verloc, como si su actitud poseyera el poder paralizador de un hechizo. Incluso las llamas de gas en forma de mariposa, colocadas en los extremos de la lámpara de doble brazo, ardían sin un solo estremecimiento. En esa tienda de mercancías dudosas, arreglada con estanterías inertes pintadas de un marrón opaco, tan opaco que parecía devorar el resplandor de la luz, el círculo dorado del anillo de matrimonio de la señora Verloc, en su mano izquierda, brillaba en exceso, con la gloria impoluta de una pieza perteneciente a algún espléndido tesoro de joyas, arrojada a un tarro de basura.


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