El Agente secreto

El Agente secreto

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Sombras de seda verde ajustada hasta abajo en todas las luces conferían a la sala algo de la profunda penumbra de un bosque. Físicamente, los ojos altivos eran el punto más débil del gran hombre. Este punto estaba envuelto en el mayor secreto. Cuando se ofrecía una oportunidad, él los hacía descansar a conciencia. En un comienzo, al entrar, el subcomisario sólo vio una gran mano pálida que sostenía una gran cabeza, y que ocultaba la parte superior de un gran rostro pálido. En el escritorio había una caja de despacho abierta, cerca de unas pocas hojas oblongas de papel y de un puñado de plumas de pájaro dispersas. No había absolutamente nada más en la ancha superficie lisa, con excepción de una pequeña estatuilla de bronce envuelta en una toga, misteriosamente vigilante en su sombría inmovilidad. El subcomisario, invitado a ocupar una silla, tomó asiento. En la luz difusa, los puntos salientes de su personalidad, el largo rostro, el pelo negro, su flacura, lo hacían parecer más extranjero que nunca.

El gran hombre no manifestó sorpresa, ni ansiedad, ni sentimiento de ninguna especie. Hizo descansar sus ojos amenazados en una actitud profundamente meditativa. No la alteró en lo más mínimo. Pero el tono que empleó no era soñador.

—¡Bien! ¿Y qué ha descubierto ya? Usted se encontró en el primer momento con algo inesperado.


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