El Agente secreto
El Agente secreto La gran mole sombrÃa pareció encogerse, como si estuviera aquejada de un temor fÃsico a los detalles; después vino hacia adelante, hinchada, enorme, y llena de peso, ofreciendo una mano muy ancha.
—¿Y usted dice que este hombre tiene una mujer?
—SÃ, sir Ethelred —dijo el subcomisario, apretando con deferencia la mano extendida—. Una esposa auténtica y una auténtica y respetable relación conyugal. Él me dijo que después de su entrevista en la embajada habrÃa tirado todo por la borda, habrÃa tratado de vender su tienda, y de abandonar el paÃs, sólo que estaba seguro de que su mujer no habrÃa querido ni oÃr hablar de irse al extranjero. Nada podÃa ser más caracterÃstico de una relación respetable que eso —continuó, con un matiz de tristeza, el subcomisario, cuya propia mujer, también, no habÃa querido ni oÃr hablar de viajar al extranjero—. SÃ, una esposa auténtica. Y la vÃctima era un auténtico cuñado. Desde cierto punto de vista, nos encontramos aquà frente a un drama doméstico.
El subcomisario se rio un poco; pero los pensamientos del gran hombre parecÃan haber emigrado lejos, quizás hacia los problemas de la polÃtica interna de su paÃs, el campo de batalla de su militante valor en contra del venal Cheeseman. El subcomisario se retiró calladamente, inadvertido, como si ya hubiera sido olvidado.