El Agente secreto

El Agente secreto

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«¿Será posible que me esté esperando a mí?», pensó el señor Vladimir, mirando a todos lados por si había señas de un coche. No vio ninguno. Un par de carruajes esperaban junto a la acera, con su lámpara ardiendo en forma sostenida. Los caballos estaban perfectamente inmóviles, como esculpidos en piedra, y los cocheros estaban sentados, sin movimiento alguno, bajo las grandes capas de piel, y ni siquiera un temblor agitaba las correas blancas de sus grandes látigos. El señor Vladimir emprendió la marcha, y el «maldito policía» se puso codo a codo con él. No dijo nada. Al final de la cuarta zancada, el señor Vladimir se sintió furibundo e intranquilo. Esto no podía continuar.

—Tiempo miserable —gruñó, con salvajismo.

—Suave —dijo, sin pasión, el subcomisario. Permaneció en silencio durante un corto rato—. Hemos cogido a un hombre que se llama Verloc —anunció, como al pasar.

El señor Vladimir no tropezó, no retrocedió, no cambió su paso. Pero no pudo dejar de exclamar:

—¿Qué? —El subcomisario no repitió su declaración—. Usted lo conoce —continuó en el mismo tono.

El señor Vladimir se detuvo, y se puso gutural.

—¿Qué le hace decir eso?

—No soy yo. Es Verloc el que lo dice.


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