El Agente secreto
El Agente secreto —Alguna especie de perro mentiroso —dijo, con fraseologÃa en cierto modo oriental, el señor Vladimir. Pero en su interior estaba casi pasmado frente a la milagrosa habilidad de la policÃa inglesa. El cambio de su opinión acerca de esta materia fue tan violento, que por un instante lo hizo sentirse ligeramente enfermo. Arrojó lejos su cigarro, y continuó su camino.
—Lo que más me gustó en este asunto —continuó el subcomisario, hablando despacio—, es que ofrece un punto de partida tan excelente para un trabajo que siento que debe ser emprendido: el de limpiar este paÃs de todos los espÃas polÃticos extranjeros, policÃas, y toda esa clase de… de… perros. Constituyen, a mi juicio, un estorbo de los mil demonios; también un elemento de peligro. Pero no es fácil para nosotros buscarlos uno por uno. El único camino es hacer que su empleo sea desagradable para sus empleadores. La cosa se está poniendo indecente. Y peligrosa, también, para nosotros, los de aquÃ.
El señor Vladimir también se detuvo por un momento.
—¿Qué pretende insinuar usted?
—El proceso de este Verloc demostrará al público tanto el peligro como la indecencia.
—Nadie creerá lo que afirma un hombre de esa clase —dijo el señor Vladimir, desdeñosamente.