El Agente secreto
El Agente secreto Tenía terror del patíbulo en una forma idealizada. Como nunca había puesto los ojos en ese último argumento de la justicia humana, salvo en las ilustraciones grabadas de cierto tipo de relatos, primero lo vio erguido frente a un fondo negro y tormentoso, adornado con cadenas y huesos humanos, rodeado de pájaros que picoteaban los ojos de los muertos.[15] Esto ya era bastante asustador, pero la señora Verloc, pese a no ser una mujer bien informada, tenía suficiente conocimiento de las instituciones de su país como para saber que los patíbulos ya no se alzan románticamente en las orillas de ríos pantanosos o en alturas barridas por el viento, sino en los patios de las prisiones. Ahí, entre cuatro altos muros, como en el interior de un pozo, a la luz del alba, el asesino era llevado para ser ajusticiado, con una horrible quietud y, como siempre decían los informes de los periódicos, «en presencia de las autoridades». Con los ojos clavados en el suelo, las aletas de la nariz temblorosas de angustia y vergüenza, se imaginó sola entre una cantidad de extraños caballeros con sombreros de seda que se preocupaban calmadamente de la tarea de colgarla por el cuello. Eso, ¡nunca! ¡Nunca! ¿Y cómo lo hacían? La imposibilidad de imaginarse los detalles de esa tranquila ejecución añadía algo enloquecedor a su terror abstracto. Los periódicos nunca daban ningún detalle, salvo uno, pero ese uno siempre estaba colocado, con alguna afectación, al final de un escueto informe. La señora Verloc recordaba su naturaleza. Llegó a su cabeza con un cruel dolor quemante, como si las palabras «se dio una caída de catorce pies» hubieran sido talladas en su cerebro con una aguja caliente. «Se dio una caída de catorce pies».