El Agente secreto
El Agente secreto Esta vez consiguió volver a sujetar su velo. Con su rostro como enmascarado, toda de negro desde la cabeza hasta los pies con la excepción de algunas flores en su sombrero, miró mecánicamente hacia el reloj. Pensaba que debía haberse detenido. No podía creer que sólo hubieran pasado dos minutos desde la última vez que lo había mirado. Por supuesto que no. Había estado detenido todo el tiempo. En realidad, sólo habían pasado tres minutos entre el momento en que ella había respirado por primera vez, en forma profunda y fácil, después del golpe, hasta este momento en que la señora Verloc tomó la resolución de ahogarse en el Támesis. Pero la señora Verloc no podía creer en eso. Ella parecía haber escuchado o leído que los relojes de pared y de pulsera siempre se detienen en el momento del asesinato para descubrir al asesino. A ella no le importaba. «Al puente, y ahí me largo…». Pero sus movimientos eran lentos.