El Agente secreto

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Ella se arrastró penosamente a través de la tienda, y tuvo que agarrarse de la manilla de la puerta antes de encontrar la energía necesaria para abrirla. La calle la asustaba, puesto que conducía al patíbulo o bien al río. Tropezó en el escalón de la entrada con la cabeza hacia adelante y los brazos estirados, como una persona que cae sobre el parapeto de un puente. Este ingreso al aire libre tuvo un pregusto de lo que es ahogarse; una resbalosa humedad la envolvió, entró a sus narices, se aferró a sus cabellos. No llovía, pero cada lámpara de gas tenía un pequeño halo herrumbroso de niebla. El coche y los caballos habían partido, y en la calle negra la ventana encortinada de la taberna para cocheros hacía una mancha cuadrangular de sucia luz rojo sangre que brillaba débilmente muy cerca del nivel del pavimento. La señora Verloc, arrastrándose lentamente hacia ella, pensó que era una mujer muy solitaria. Era verdad. Tan verdad era, que en un súbito deseo de ver algún rostro amigo, no podía pensar en nadie que no fuese la señora Neal, la mujer del aseo. No tenía relaciones que fueran suyas. Nadie la echaría de menos en un sentido social. No se debe suponer que la viuda Verloc había olvidado a su madre. Esto no era así. Winnie había sido una buena hija porque había sido una hermana afectuosa. Su madre siempre había descansado en ella para recibir apoyo. Ahí no se podía esperar consuelo ni consejo alguno. Ahora que Stevie estaba muerto, el vínculo parecía roto. Ella no podía enfrentar a la anciana con el terrible relato. Por lo demás, quedaba demasiado lejos. El río era su actual destino. La señora Verloc trató de olvidar a su madre.


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