El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas "¡Debería haber visto la mirada fija de aquellos peregrinos! No se atrevían a sonreír, o a rebatirme, pero estoy seguro de que creían que me había vuelto loco, por el miedo, tal vez. Les dirigí casi una conferencia. Queridos amigos, de nada valía asustarse. ¿Mantenerse en guardia? Bueno, ya podían imaginar que yo observaba la niebla esperando señales de que se abriera, como un gato puede observar a un ratón, pero nuestros ojos no nos servían de nada, era igual que si estuviéramos enterrados a varias millas de profundidad en un montón de algodón en rama. Así me sentía yo, fastidiado, acalorado, sofocado. Además, todo lo que decía, por extraño que sonara, era absolutamente cierto. Lo que nosotros considerábamos como un ataque era realmente un intento de rechazo. La acción distaba mucho de ser agresiva, ni siquiera era defensiva en el sentido clásico. Se había iniciado bajo la presión de la desesperación, y en esencia era puramente protectora. "Aquello tuvo lugar, por decirlo así, dos horas después de que se levantara la niebla, y su principio, aproximadamente, fue una milla y media antes de llegar a la estación de Kurtz. Precisamente acabábamos de ser sacudidos en un recodo, cuando vi una isla, una colina herbosa de un verde deslumbrante, en medio de la corriente. Era lo único que se veía, pero cuando nuestro horizonte se ensanchó vi que era la cabeza de un amplio banco de arena, o más bien de una cadena de pequeñas porciones de tierra que se extendían a flor de agua. Estaban descoloridas, junto a la superficie, y todo el grupo parecía estar bajo el agua, exactamente de la manera en que puede verse la columna vertebral de un hombre bajo la piel de la espalda. Podíamos dirigirnos a la derecha o a la izquierda. Por supuesto yo no conocía ningún paso. Ambas márgenes tenían el mismo aspecto, la profundidad parecía ser la misma.