El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas Y al acostumbrarme dejé de verla; no tenía tiempo. Debía estar todo el tiempo tratando de adivinar el cauce del canal; tenía que adivinar, más por inspiración que por otra cosa, las señales de los bancales ocultos, descubrir las rocas sumergidas.
Aprendí a rechinar los dientes sonoramente antes de que el corazón me estallara cuando rozábamos algún viejo tronco infernal que hubiera podido terminar con la vida de aquel vapor de hojalata y ahogar a todos los peregrinos. Necesitaba encontrar todos los días señales de madera seca que pudiéramos cortar todas las noches para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando uno tiene que estar pendiente de ese tipo de cosas, los meros incidentes de la superficie, la realidad, sí, la realidad digo, se desvanece. La verdad íntima se oculta, por suerte, por suerte.
Pero yo la sentía durante todo el tiempo. Sentía con frecuencia aquella inmovilidad misteriosa que me contemplaba, que observaba mis artimañas de mono, tal como os observa a vosotros, camaradas, cuando trabajáis en vuestros respectivos cables por… cuánto es… media corona la vuelta."
—Intenta ser más cortés, Marlow —gruñó una voz, y supe que por lo menos había otro auditor tan despierto como yo.