El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblas

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Puede que nadie se entere, pero él no olvida el porrazo, ¿no es cierto? Es un golpe en el mismo corazón. Uno lo recuerda, lo sueña, despierta a media noche para pensar en él, años después, y vuelve a sentir escalofríos. No pretendo decir que aquel vapor flotara todo el tiempo. Más de una vez tuvo que vadear un poco, con veinte caníbales chapoteando alrededor de él y empujando. Durante el viaje habíamos enganchado una tripulación con algunos de esos muchachos. ¡Excelentes tipos aquellos caníbales! Eran hombres con los que se podía trabajar, y aún hoy les estoy agradecido. Y, después de todo, no se devoraban los unos a los otros en mi presencia; llevaban consigo una provisión de carne de hipopótamo, que una vez podrida hizo llegar a mis narices todo el misterio de la selva. ¡Puuuf! Aún puedo olerla. Llevaba a bordo al director y a tres o cuatro peregrinos con sus palos. Eso era todo. Algunas veces nos acercábamos a una estación próxima a la orilla, pegada a las faldas de lo desconocido; los blancos salían de sus cabañas con grandes expresiones de alegría, de sorpresa, de bienvenida. Me parecían muy extraños.






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