El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas Tenían todo el aspecto de haber sido víctimas de un hechizo. La palabra marfil flotaba un buen rato en el aire, y luego seguíamos de nuevo en medio del silencio, a lo largo de inmensas extensiones desiertas, alrededor de mansos recodos, entre los altos muros de nuestro camino sinuoso, que resonaba en profundos ruidos al pesado golpe de nuestra rueda de popa. Árboles, árboles, millones de árboles, masas inmensas de ellos, elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la orilla, contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra un escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico. Uno tenía por fuerza que sentirse muy pequeño, totalmente perdido, y sin embargo aquel sentimiento no era deprimente. Después de todo, por muy pequeño que fuera, aquel sucio animalillo seguía arrastrándose, y eso era lo que se le pedía. A dónde imaginaban arrastrarse los peregrinos, eso sí que no lo sé. Hacia algún lugar del que esperaban obtener algo, creo. En cuanto a mí, el escarabajo se arrastraba exclusivamente hacia Kurtz.
Pero cuando el casco comenzó a hacer agua nos arrastramos muy lentamente.