El pirata

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Su inmovilidad produjo el hastío de aquella muchedumbre, que comenzó a moverse hacia los tabucos, con el jorobado que se tambaleaba entre sus muletas cerrando la marcha. Peyrol se quedó solo con las irritadas gaviotas. Se quedó a bordo de la trágica embarcación que había conducido a los padres de Arlette hasta su muerte en la vengativa masacre de Tolón, y que había llevado a la joven Arlette y al ciudadano Scevola de regreso a Escampobar, donde la vieja Catherine, a quien habían dejado sola, llevaba días aguardando el retorno de alguien. Días de angustia y oración, mientras escuchaba el retumbar de los cañones en torno a Tolón y percibía luego, con un temor diferente, pero casi mayor, el silencio de muerte que se extendía a continuación.

Peyrol, que se gozaba en la sensación de tener bajo los pies algo parecido a un barco, rechazó las imágenes del horror que se relacionaban con aquella desolada tartana. Se hizo tarde antes de que regresara a la granja, de manera que cenó solo. Las mujeres se habían retirado, y el sans-culotte, que fumaba en la puerta su corta pipa, le siguió hasta la cocina y le preguntó dónde había estado y si se había perdido. Esa pregunta dio pie a Peyrol para lo que buscaba. Había estado en la Madrague y había visto una tartana muy hermosa pudriéndose en la playa.

—Me dijeron que era suya, ciudadano.

El terrorista se limitó a parpadear.


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