El pirata
El pirata —¿Qué es lo que pasa? ¿No es la embarcación que le trajo hasta aquÃ? ¿No me la quiere vender? —Peyrol esperó un poco—. ¿Por qué no habrÃa de hacerlo?
El patriota no tenÃa, al parecer, ninguna objeción firme. Se limitó a mascullar algo acerca de que la tartana estaba muy sucia, lo que hizo que Peyrol le mirara con un intenso asombro.
—Estoy dispuesto a quedármela tal cual está.
—Seré franco con usted, ciudadano. Verá, estando esa tartana atracada en Tolón, un grupo de traidores fugitivos, hombres, mujeres y niños también, subió a bordo y cortó las amarras con ánimo de escapar. Pero los vengadores no estaban lejos y supieron hacer su trabajo con rapidez. Cuando otro hombre y yo dimos con la tartana, detrás del Arsenal, hubimos de limpiar de cadáveres el camarote y la bodega, tirándolos por la borda. Asà que la encontrará usted muy sucia. No tuvimos tiempo de adecentarla.
Peyrol sintió ganas de reÃr. HabÃa visto cubiertas anegadas en sangre, y habÃa ayudado a tirar cadáveres por la borda después de un combate, pero dirigió una mirada hostil al ciudadano. «Intervino, sin duda, en la masacre», pensó. Pero no hizo comentario alguno. Recordó simplemente el enorme candado que guardaba el osario vacÃo de popa. El terrorista insistió: