El pirata

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Al día siguiente regresó al villorrio y se instaló para pasar unos días. Aunque el terror que inspirara se fue disipando, nadie se aventuró a acercarse demasiado a la tartana. Peyrol no quería ayuda de nadie. Arrancó él mismo el enorme candado con una barra de hierro, y dejó que la luz del día penetrara en el pequeño camarote que mostraba, desde luego, los rastros de la masacre en las manchas de sangre del maderaje. Por lo demás, se encontraba vacío, salvo por un mechón de largos cabellos y un pendiente de mujer, una baratija que Peyrol recogió y contempló largo rato. Hallazgos como aquel no eran insólitos en su pasado. Podía imaginar, sin gran emoción, aquella pequeña estancia atestada de cadáveres. Se sentó y miró las manchas y las salpicaduras ignoradas durante años por la luz del sol. El barato pendientillo reposaba ante él, en la mesa toscamente labrada del camarote, entre las alacenas. Peyrol movió pesadamente la cabeza. Él, en todo caso, jamás había sido un hombre sanguinario.







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