El pirata

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Peyrol hizo la limpieza sin ayuda de nadie. Después se dedicó a habilitar la tartana con amore. Todavía persistían en él los hábitos del trabajo y le resultaba agradable tener algo que hacer. Aquella grata tarea tenía todo el aire de los preparativos de un viaje que, de esa manera, se convertía en un cálido sueño. Y Peyrol terminaba todas las tardes con la satisfacción de haber dado un paso más hacia esa ilusión. Enhebró nuevos aparejos, pulió los mástiles, barrió, fregó y pintó sin ayuda de nadie, trabajando con tanto ahínco y esperanza como si se encontrara preparando la huida de una isla desierta. Tan pronto como hubo limpiado y renovado el pequeño agujero del oscuro camarote, comenzó a dormir a bordo. Sólo hizo una visita de dos días a la granja, y como si se hubiera concedido unas vacaciones. Esos días los ocupó, mayormente, en observar a Arlette. Ella era, quizá, el primer ser humano inquietante con el que se topaba. Peyrol no sentía desprecio hacia las mujeres. Las había visto amar, sufrir, aguantar, alborotar e incluso luchar con las manos con los hombres. Por lo general, había que estar en guardia contra hombres y mujeres, pero, en cierto sentido, las mujeres eran más dignas de confianza. Era evidente que conocía menos a las mujeres de su país que a las de otro cualquiera. Su experiencia en un variado número de razas le sugería, sin embargo, la vaga idea de que las mujeres eran bastante parecidas en todos los lugares. Y ésta era una criatura adorable. Producía en él el mismo efecto que una niña, despertaba una íntima emoción que hasta entonces había ignorado que pudiera darse en un hombre. Su carácter distante le impresionaba. «¿Será que me estoy haciendo viejo?», se preguntó súbitamente una tarde, sentado en el banco contra la pared, y mirando el punto por el que ella había desaparecido, tras cruzarse con su mirada.


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