El pirata

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Él mismo se sentía observado por Catherine, a quien solía sorprender mirándole desde detrás de las esquinas o a través de las puertas entornadas. Peyrol la miraba abiertamente, consciente de la impresión que producía en ella: una mezcla de curiosidad y pavor. Tenía la idea de que ella no desaprobaba su presencia en la granja, en la que, según veía él claramente, su vida no se podía decir que era agradable, sin que esto tuviera relación alguna con el hecho de que fuera ella la encargada de todo el trabajo doméstico. Se trataba de una mujer de poco más o menos la misma edad que Peyrol, derecha como un palo, pero con el rostro surcado de arrugas. Una tarde en que ambos se encontraban solos en la cocina, Peyrol le dijo:

—Usted debió de ser en su época una mujer atractiva, Catherine. Es extraño que no se casara.

Ella se volvió bajo la alta repisa de la chimenea, y pareció quedarse estupefacta, sorprendida y sin dar crédito a lo que oía, cosa que irritó a Peyrol vivamente.

—¿Qué ocurre? Está usted tan sorprendida como si la hubiera dirigido la palabra el viejo asno del patio. No puede usted negar su belleza de los viejos tiempos.

Ella se recobró de su asombro y dijo:

—Nací aquí, crecí aquí y decidí muy pronto morir aquí.


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