El pirata

El pirata

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—Rara decisión para una muchacha —dijo Peyrol.

—No hay por qué hablar de ello —dijo la anciana, retirando una perola de las calientes cenizas—. Entonces —agregó, dándole la espalda— no pensaba que iba a vivir mucho tiempo. Me enamoré de un cura cuando tenía dieciocho años.

—¡Ah! ¡Caramba! —exclamó Peyrol entre dientes.

Ella siguió hablando en un tono tranquilo.

—En aquella época recé para que me alcanzara la muerte. Pasé noches enteras hincada de rodillas en la habitación de arriba, donde usted duerme. Rehuí a todo el mundo. La gente comenzó a decir que estaba loca. Esa gentuza de aquí siempre nos ha odiado. Su lengua es venenosa. Me pusieron el apodo de la fianceé du prêtre. Sí, era hermosa, pero ¿quién me hubiera dirigido la mirada aun en el caso de que yo lo hubiera deseado? Tuve sólo la suerte de contar con una buena persona por hermano. Él me comprendía. No me dijo ni una palabra al respecto, pero a veces, cuando nos encontrábamos solos y ni siquiera su esposa se encontraba presente, me ponía dulcemente la mano en el hombro. No he pisado la iglesia desde entonces, y jamás lo haré. Pero ya no tengo nada contra Dios.


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