El pirata
El pirata El desvelo y la preocupación habían desaparecido. En pie, derecha como un palo, miraba de frente a Peyrol con un aire confiado. El pirata no sabía qué decir, y se limitó a asentir dos veces con la cabeza. Catherine se volvió para poner la perola a enfriar en el fregadero.
—Sí, deseaba morir. Pero no lo hice, y ahora tengo algo que hacer —la anciana se sentó junto al fuego, y apoyó la barbilla en la mano—. Y me atrevo a decir que usted sabe de lo que estoy hablando.
Peyrol se levantó lentamente.
—¡Bueno! Bonsoir —dijo—. Me voy a la Madrague. Quiero empezar de nuevo a trabajar en la tartana al amanecer.
—¡No me hable de esa tartana! Ella se llevó a mi hermano para siempre. Yo me quedé en la orilla, viendo cómo sus velas se hacían cada vez más pequeñas. Después regresé sola a la granja.