El pirata

El pirata

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Moviendo con calma aquellos labios marchitos que ni amante ni hijo alguno besaran jamás, la anciana Catherine habló a Peyrol de los días y noches de espera, con el distante retumbar de los cañones en los oídos. Solía sentarse en el banco de fuera, esperando noticias, contemplando el titilar de las luces en el cielo y oyendo las tremendas explosiones de la artillería sobre las aguas. Hubo una noche en la que el mundo pareció haber llegado a su fin. El cielo ardía y la tierra se estremeció hasta sus cimientos. Ella sintió que la casa temblaba y, levantándose de un salto, aulló de miedo. Aquella noche no se acostó. A la mañana siguiente vio el mar cubierto de velas, y una nube de humo negro y amarillo cernida sobre Tolón. Un hombre que venía de la Madrague le dijo que le parecía que la ciudad entera había reventado. Ella le dio una botella de vino, y el hombre le ayudó aquella tarde a alimentar el ganado, manifestando antes de irse su opinión de que nadie podía haber quedado vivo en Tolón, ya que los pocos supervivientes habrían huido en los barcos ingleses. Casi una semana más tarde, ella se encontraba amodorrada junto al fuego cuando la despertaron unas voces que sonaban de fuera y vio en medio de la salle, pálida como un cadáver salido de la tumba, con una manta empapada de sangre sobre los hombros, y un gorro rojo en la cabeza, a una joven de terrible aspecto, y en quien reconoció de pronto a su sobrina. «¡François! ¡François!», gritó Catherine, aterrada. Era el nombre de su hermano, al que esperaba encontrar fuera. Su grito asustó a la muchacha, que salió corriendo. Fuera reinaba la calma. «¡François!», gritó de nuevo. Y tambaleándose hasta llegar a la puerta, vio cómo su sobrina se colgaba de un extraño de gorro rojo y sable a la cintura, que gritó con excitación: «Nunca más verás a François. ¡Vive la République!».


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