El pirata

El pirata

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—Reconocí al hijo de los Bron —prosiguió Catherine—. Conocí a sus padres. Cuando comenzaron los líos, abandonó el hogar para irse con la Revolución. Caminé hasta él y retiré a la muchacha de su lado. La chica no necesitaba de nadie que la engatusara, y siempre me tuvo cariño —continuó, levantándose de la banqueta y acercándose un poco más a Peyrol—. Se acordaba de su tía Catherine. Le arranqué de los hombros aquella horrible manta. La sangre formaba grumos en su cabello y manchaba sus ropas. La llevé arriba, y ella se dejó llevar como una criatura desamparada. La desnudé y la examiné de arriba abajo. No mostraba herida alguna. De eso estaba yo segura, pero ¿de qué más podía estarlo? Me era imposible entender las cosas que balbucía, pues su voz misma me turbaba. Se durmió en cuanto la puse en la cama, y yo me quedé contemplándola y casi volviéndome loca al pensar en las cosas que podían haberle ocurrido. Cuando bajé las escaleras, me encontré con aquel inepto en la casa, parloteando y fanfarroneando con jactancia hasta que consiguió hacerme creer que estaba viviendo una pesadilla. Mi cabeza se había convertido en un torbellino. Aquel hombre reclamaba a Arlette y Dios sabe qué más. Me pareció entender cosas que me pusieron los pelos de punta. Me clavé las uñas en las manos con toda la fuerza que pude para no perder el control de los sentidos.


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