El pirata

El pirata

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Aquella noche durmió a bordo de la renovada tartana, y el sol del amanecer le encontró trabajando en el casco. Había dejado ya de ser un objeto de pavorosa contemplación por parte de los habitantes del villorrio, que, sin embargo, todavía mantenían una actitud desconfiada. El miserable tullido constituía el único vínculo para comunicarse con ellos. Él era, de hecho, la única compañía de Peyrol cuando éste trabajaba en la tartana, y para Peyrol era más eficiente, inteligente y audaz que todos sus compañeros juntos. Podía vérsele bien temprano, por la mañana, marchar con un movimiento de péndulo sobre sus muletas hacia el casco en el que Peyrol solía llevar trabajando algo así como una hora. Peyrol le echaba el cabo de una cuerda, y el tullido apoyaba las muletas en el costado de la embarcación y, a fuerza de manos, aupaba con desenvoltura su maltrecho cuerpecillo, marchito de cintura para abajo. Sentado en el pequeño castillo de proa, con la espalda contra el mástil y las delgadas piernas retorcidas plegadas ante él, hacía compañía a Peyrol, situado en la otra punta del barco, hablándole con la voz forzada. Luego, al mediodía, compartía con él la comida, cosa lógica, habida cuenta de que era él, por lo general, quien aportaba las provisiones, dispuestas en un curioso cesto que le colgaba del cuello. Así transcurrían las horas de trabajo, que para Peyrol resultaban más cortas al aderezarlas su compañero con perspicaces comentarios y cotilleos de la vida local. Lo que hacía el tullido para informarse era algo difícil de imaginar, y el pirata carecía del conocimiento suficiente de las supersticiones europeas como para suponer que su compañero dedicaba sus noches a volar sobre un palo de escoba, como una especie de brujo. En aquel retorcido desecho de humanidad se albergaba una hombría que sorprendió a Peyrol desde el primer momento. Su voz misma era viril y la índole de sus cotilleos nada tenía de femenina. Incluso mencionó a Peyrol que la gente solía llevarle en carro por el vecindario para que tocara el violín en las bodas y en otras ocasiones festivas, si bien aquello no parecía muy adecuado y hasta él mismo confesó que la Revolución había dado al traste con ese tipo de fiestas. A la gente no le gustaba llamar la atención y todo había que hacerlo bajo cuerda. No había curas que celebraran bodas, y si no había ceremonias, ¿cómo podía haber fiestas? Claro que los niños nacían como antes, pero sin que hubiera nadie que los cristianara, y la gente, de algún modo, parecía rara. Su expresión había cambiado de alguna manera y hasta los chicos y chicas parecían preocupados.


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