El pirata
El pirata —¡Ah! Pero usted no sabe lo que la gente con el cuerpo bien hecho esperaba o pretendÃa —dijo el tullido—. Todo iba a cambiar. Gracias a los altos principios, todo el mundo iba a atar los perros con longaniza. —Su cara alargada, que cuando estaba en reposo mostraba la expresión de sufrimiento habitual en los tullidos, se iluminó con una amplÃa sonrisa—. Se deben sentir traicionados —añadió—. Y eso, desde luego, es una vejación. Pero yo no me siento vejado. Nunca me sentà vejado por mi padre o por mi madre. Mientras los pobres vivieron, yo no pasé hambre, por lo menos no mucha. Y eso que no podÃan sentirse muy orgullosos de mà —se interrumpió y pareció contemplar una imagen mental de sà mismo—. Yo no sé lo que hubiera hecho de estar en su lugar. Algo muy diferente. Pero claro, ¿ve usted?, yo sé lo que significa ser como soy. Naturalmente ellos no podÃan saberlo. Y no creo que los pobres tuvieran muchas luces… Un cura de Almanarre… Almanarre es una aldea de por ahÃ, con una iglesia…
Peyrol le interrumpió diciéndole que conocÃa muy bien Almanarre. Esto era mentira porque, en realidad, sabÃa mucho menos de Almanarre que de Zanzibar o de cualquier nido de piratas desde allà hasta el cabo Guardafui. Y el tullido le miró con aquellos ojos suyos marrones que siempre tenÃan tendencia a mirar hacia arriba.