El pirata
El pirata —¿Sabe usted? Para mí —dijo, prosiguiendo con tranquila decisión—, usted es un hombre caído del cielo. Bueno, pues vino un cura de Almanarre para enterrarlos. Un hombre de rostro severo. El hombre más bueno que había visto hasta que usted se dejó caer por aquí. Se decía que una joven se había enamorado de él unos cuantos años antes. Yo ya tenía la edad suficiente como para haber oído algo de eso, pero no estaba muy seguro. Además, mucha gente no se lo creía.
Sin mirar al tullido, Peyrol trató de imaginarse qué clase de niño podía haber sido, qué clase de joven. El pirata había visto asombrosas deformaciones, horrorosas mutilaciones debidas a la mano del hombre, aunque siempre entre gente de piel oscura. Y eso creaba una gran diferencia. Pero lo que había visto y oído desde que regresara a su país natal, los relatos, los hechos y los rostros, también le impresionaban con una fuerza particular a causa de ese sentimiento que tan súbitamente se apoderó de él, tras toda una vida entre indios, malgaches, árabes y moros de todo tipo, y que le hacía darse cuenta de que él pertenecía a aquella tierra y que sólo había escapado por un pelo a todo aquello. Su compañero redondeó su elocuente silencio, que parecía estar ocupado por pensamientos similares a los suyos, diciendo: