El pirata
El pirata —Todo eso pasaba en la época del rey. No le cortaron la cabeza hasta varios años más tarde. Eso no me hizo la vida más fácil, pero desde que aquellos republicanos depusieron a Dios y le echaron de las iglesias, yo le he perdonado por todos mis sufrimientos.
—Asà se habla —dijo Peyrol, y sólo el malformado contorno de su espalda le disuadió de darle una amistosa palmada.
Se levantó para comenzar su trabajo de la tarde. TenÃa que pintar un poco por dentro, y el tullido se quedó mirándole con ojos soñadores y un pliegue irónico en los labios.
No abrió la boca hasta que el sol se movió sobre cabo Cicié, que podÃa verse en el agua como una niebla oscura en medio del fulgor.
—Y ¿qué es lo que piensa hacer con esta tartana, ciudadano? Peyrol respondió simplemente que la tartana estarÃa lista para ir a cualquier sitio en cuanto fuera puesta en el agua.
—Puede usted ir a sitios tan lejanos como Génova o Nápoles, e incluso más lejos —sugirió el tullido.
—Mucho más lejos —dijo Peyrol.
—¿Y la está dejando dispuesta para un viaje?
—Ciertamente —dijo Peyrol, manejando la brocha con diligencia.