El pirata

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Capítulo 8

Sentados bajo todo el esplendor del sol del mediodía, a horcajadas en el muro circular que bordeaba el pozo, el pirata de los mares remotos y el pescador de la laguna, que compartía el más sorprendente secreto, tenían todo el aire de unos tenebrosos conspiradores. Lo primero que dijo Peyrol fue:

—¿Y bien?

—Todo tranquilo —dijo el otro.

—¿Has cerrado como es debido la puerta del camarote?

—Ya sabe usted cómo son los cerrojos.

Peyrol no podía negar eso. La respuesta era suficiente y colocaba la responsabilidad sobre sus hombros. Tanto en la guerra como en la paz, siempre había confiado en la obra salida de sus manos. Sin embargo, miró dubitativamente a Michel antes de contestar:

—Sí, pero también sé como es ese hombre.

No podía darse mayor contraste que el de aquellos rostros, limpio el de Peyrol, como tallado en piedra y sólo ligeramente pulido por el tiempo, e hirsuto el del dueño del difunto perro, con muchas hebras de plata, algo elusivo en sus rasgos y con esa expresión vaga que tienen los niños de pecho.

—Sí, sé cómo es ese hombre —repitió Peyrol. La boca de Michel se abrió al oír aquello en una mueca oval que puso algo de avieso en su rostro inocente.

—No se despertará —sugirió tímidamente.


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