El pirata
El pirata La posesión de un secreto recíproco e importante acerca a los hombres. Peyrol accedió a explicarse.
—Tú no conoces el espesor de su cráneo. Yo sí.
Habló como si lo hubiera hecho él mismo. Michel, que ante aquella rotunda afirmación se olvidó de cerrar la boca, no tuvo nada que decir.
—¿Respira bien? —preguntó Peyrol.
—Sí. Cuando salí y cerré la puerta, me quedé escuchando y creo que le oí roncar.
Peyrol pareció interesado y también un poco inquieto.
—He tenido que subir esta mañana y mostrarme como si nada hubiese ocurrido —dijo—. El oficial lleva dos días aquí y podría habérsele ocurrido bajar hasta la tartana. He estado inquieto toda la mañana. El brinco de una cabra bastaba para sobresaltarme. Tendría gracia que subiera aquí corriendo con la cabeza rota y llena de vendajes, y contigo tras sus talones.
Aquello pareció ser demasiado para Michel que, al borde de la indignación, dijo:
—Ese hombre está medio muerto.