El pirata
El pirata —Ni siquiera medio matar a un hermano de la costa es fácil. Hay hombres y hombres —agregó Peyrol, con suavidad—. Tú, por ejemplo, tú mismo habrÃas muerto de haber recibido ese golpe en la cabeza. Y hay animales, bestias del doble de tu tamaño, monstruos que pueden ser liquidados con tan sólo darles un golpe en la nariz. Es algo bien sabido. Incluso llegué a temer que consiguiera reducirle…
—¡Venga, maître! ¡Que uno no es un crÃo! —protestó Michel ante tal cúmulo de improbabilidades.
Su protesta, sin embargo, fue como el murmullo tÃmido de un niño. Peyrol cruzó los brazos sobre el pecho.
—Vamos, termina tu sopa —le ordenó en voz baja—, y vete a la tartana. ¿Dices que dejaste bien cerrado el camarote?
—SÃ, asà lo hice —replicó Michel, desconcertado ante aquel despliegue de ansiedad—. Le serÃa más fácil romper el techo con la cabeza, ya lo sabes.
—De todas maneras, coge una barra y atranca la puerta apoyándola contra la base del mástil. Y vigila luego fuera. No te acerques a él bajo ningún concepto. Quédate en cubierta y estate atento a mi presencia. Esto es un lÃo de solución nada fácil y debo ser muy cuidadoso. Trataré de escabullirme y bajar tan pronto como me libre de ese oficial.