El pirata
El pirata Una vez terminada la conferencia bajo el sol, Peyrol salió del patio caminando lentamente y, asomando la cabeza por la esquina de la casa, vio al teniente Réal sentado en el banco. Era lo que esperaba ver, pero lo que no esperaba era verle solo. Sencillamente era así: allá donde se encontraba Arlette siempre había inquietantes posibilidades. Aunque debía estar en la cocina, ayudando a su tía, con las mangas arremangadas sobre unos brazos tan blancos como Peyrol jamás había visto en mujer alguna. Le sentaba muy bien la forma en que se peinaba, con el cabello trenzado con una ancha cinta de terciopelo negro, y cubierto por un sombrero de arlesina. Se vestía con los vestidos de su madre, de los que contaba con baúles llenos, adecuados a sus medidas naturales. La difunta señora de la granja Escampobar era arlesina y, además, rica. Sí, hasta en lo que se refería a ropas femeninas podían prescindir los nativos de Escampobar de todo contacto con el exterior. Ya era hora de que aquel dichoso teniente regresara a Tolón. Llevaba tres días en la granja. Su corta licencia debía de haber expirado. La actitud de Peyrol hacia los oficiales navales había estado siempre impregnada de cautela y sospecha. Sus relaciones con ellos fueron siempre sumamente complejas. Habían sido sus enemigos y sus superiores. Le habían perseguido y habían depositado en él su confianza. La Revolución había cortado limpiamente la congruencia de su vida montaraz. Hermano de la Costa y artillero de la Marina nacional, y, sin embargo, había sido siempre el mismo hombre. A ellos les había ocurrido igual. Oficiales del Rey y oficiales de la República con sólo cambiar la piel. Todos miraban con similar recelo a un pirata en libertad. Ni siquiera éste se olvidaba de sus charreteras cuando hablaba uno con él. El desprecio y la desconfianza hacia las charreteras estaban fuertemente arraigados en Peyrol. Lo que no significaba que odiara al teniente Réal. Pero, por lo general, su llegada a la granja significaba una maldición, y su presencia, en ese particular momento, un maldito estorbo y, hasta cierto punto, incluso un peligro. «No me apetece que me arrastren por el cuello hasta Tolón», se dijo Peyrol. No había quien confiase en los que llevaban charreteras. Cualquiera de ellos era capaz de echarse encima de su mejor amigo por una simple cuestión de rango.