El pirata
El pirata Dando la vuelta a la esquina, Peyrol se sentó junto al teniente Réal, con la sensación de disponerse a luchar a brazo partido con un contrincante escurridizo, rasgo que el teniente, que estaba allí sentado ajeno al examen de que le había hecho objeto Peyrol, no mostraba en absoluto. Más bien, por el contrario, parecía encontrarse sólidamente asentado, prácticamente como si estuviera en su casa. Demasiado a sus anchas. Incluso tras la llegada de Peyrol se mantuvo su aspecto imperturbable, sin trazas de que fuese fácil deshacerse de él. El chirrido de las cigarras bajo el inmóvil calor del mediodía era el único sonido de vida que se oía en mucho tiempo. Una vida delicada, evanescente, alegre, sin problemas y, sin embargo, no exenta de pasión. La voz del teniente arrojó una súbita nota de tristeza sobre la alegría de las cigarras, a pesar de que sus palabras resultaron de lo más superficial.
—¡Tiens! Vous voilà.