El pirata
El pirata A tenor de la tensión que le dominaba, Peyrol no pudo por menos de preguntarse: ¿Y por qué ha tenido que decir eso? ¿Dónde suponía que estaba? El teniente no tenía por qué haber hablado. Llevaban dos años viéndose, y se habían sentado muchas veces, en una especie de igualdad distante y sin pronunciar palabra, en aquel banco. ¿Por qué no había permanecido callado en esta ocasión? Aquel oficial naval jamás hablaba sin una razón para hacerlo, luego ¿qué sentido podían tener sus palabras? Peyrol consiguió esbozar un falso bostezo y sugirió suavemente:
—Una pequeña siesta no vendría mal, ¿no le parece, teniente?
Mientras que, para su coleto, pensaba: «No hay cuidado, no se irá a su habitación». Se quedaría allí y le impediría bajar a la cala. Miró al oficial de tal forma que si el intenso y concentrado deseo, junto con la mera fuerza de la voluntad, hubieran bastado, el teniente Real se habría visto súbitamente arrojado del banco. Pero no se movió. Y Peyrol se quedó atónito al verle sonreír, aun cuando lo que más le asombró fue escuchar sus palabras.
—Lo malo de usted es que jamás ha sido franco conmigo, Peyrol.
—Franco con usted —repitió el pirata—. ¿Quiere que sea franco con usted? Bien, muchas veces he deseado que se fuera al infierno.