El pirata
El pirata —¿Piensa que estoy de permiso? Le digo que estoy de servicio. ¿No me cree?
Peyrol dejó escapar un fuerte suspiro.
—SÃ, le creo. Asà que piensa echarle el guante a ese barco. Y le han enviado a usted con una misión. Bueno, eso no hace que le vea con mejores ojos.
—Es usted un hombre raro, Peyrol —dijo el teniente—. Creo que me querrÃa ver muerto.
—No. Sólo fuera de aquÃ. Pero tiene usted razón. Peyrol no siente simpatÃa alguna hacia su rostro ni hacia su voz. Ya han hecho bastante daño.
Jamás habÃa llegado ninguno de los dos a tales términos de intimidad. Y no habÃa necesidad de que se miraran. El teniente pensó: «No puede contener su recelo», sin que su pensamiento albergara malicia o desdén, pues tenÃa mucho que ver con la desesperación. Suavemente dijo:
—Enseña usted los dientes como un perro viejo, Peyrol.
—Hay veces que siento ganas de lanzarme a su cuello —dijo Peyrol, en una especie de susurro controlado—. Y eso es algo que a usted le divierte mucho.
—Asà que me divierte. ¿Doy la impresión de ser un hombre divertido?