El pirata

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—No se lo negaré —admitió el teniente—. La cosa es aún más complicada. Supongamos que la tartana topa con la flota inglesa, tal como está planeado, y que, yendo todo bien, los ingleses registran la bodega y husmean por todas partes, pero sin que se les ocurra buscar despachos. Naturalmente, nuestro hombre los tendría bien escondidos, ¿no? No puede permitir que den con ellos. Si fuera lo bastante necio como para dejarlos bien a la vista, los ingleses pensarían al punto que había gato encerrado. Yo creo que lo que ese hombre haría sería arrojar los despachos por la borda.

—Sí, a menos que estuviera al tanto del plan —dijo Peyrol.

—Evidentemente. Pero, en ese caso, ¿cuánto habría que pagarle a un hombre para que estuviera dispuesto a probar los calabozos ingleses?

—El hombre cobraría el dinero y luego haría todo lo posible para no ser capturado, y en el caso de no poder evitarlo, se cuidaría de que los ingleses no encontraran nada a bordo de la tartana. No, teniente, cualquier bribón que posea una tartana cogerá de buen grado los miles de francos que usted ofrece, pero tratar de engañar al Almirantazgo británico es como jugar con el diablo. ¿No pensó en eso antes de hablar con el hombre de las grandes charreteras que le encomendó la misión?


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