El pirata
El pirata —Lo pensé y asà se lo hice ver —dijo el teniente, bajando aún más la voz, pues su conversación transcurrÃa en voz baja, a pesar de que la casa a sus espaldas se mantenÃa en silencio y la soledad reinaba en las inmediaciones de la granja Escampobar. Para aquellos que pudieran dormir, era la hora de la siesta. Acercándose más al viejo, el teniente sopló casi las palabras en su oÃdo—: Lo que querÃa era oÃrle decir todas esas cosas. ¿Entiende usted ahora lo que le querÃa decir esta mañana? ¿No recuerda lo que le dije?
Con la mirada perdida en el espacio, Peyrol susurró:
—Recuerdo a un oficial naval tratando de zarandear al viejo Peyrol, cosa que no consiguió. Puedo estar disparu, pero tengo todavÃa el suficiente vigor como para resistir a un blanchec que ha perdido el control, vaya usted a saber por qué. Y menos mal que no lo consiguió, pues me habrÃa agarrado a usted, y hubiéramos hecho juntos nuestro último salto mortal, para regocijo de la tripulación del barco inglés. ¡Bonito final!
—¿No recuerda que cuando usted mencionó que los ingleses habrÃan enviado un bote para examinar nuestros bolsillos, yo le dije que eso serÃa estupendo?
En su pétrea inmovilidad, con el otro hombre dirigiéndose a su oÃdo, Peyrol parecÃa el receptáculo más insensible a los susurros. El teniente prosiguió con energÃa: