El pirata

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—Bueno, pues era una alusión a este asunto. Mire usted, artillero, ¿qué podría ser más convincente que el hallazgo de esos despachos? ¿Cuál no sería su estupefacción, su sorpresa? Ni la más ligera duda entraría en sus cabezas. ¿O no, artillero? Claro que no. Me imagino al capitán de esa corbeta navegando a toda vela para poner el paquete en manos de su almirante. El secreto destino de la flota de Tolón encontrado en el cuerpo de un oficial muerto. ¡Cuál sería su entusiasmo ante ese golpe de suerte! No lo considerarían algo accidental. ¡Ya lo creo que no! Lo tomarían como algo providencial. Yo también conozco un poco a los ingleses. Les gusta tener un Dios de su parte: el único aliado al que no tienen que pagar por su actitud. Vamos, artillero, ¿no habría sido una solución perfecta?

El teniente Réal dio un paso para iniciar el regreso. Peyrol, impertérrito en su pétrea ensoñación, gruñó suavemente:

—Todavía hay tiempo. El barco inglés aún está en el Passe. —Aguardó un poco en su actitud misteriosamente estatuaria, y añadió con malicia—: No parece que tenga usted mucha prisa en dar el salto.

—Le doy mi palabra de que estoy suficientemente harto de la vida como para darlo —dijo el teniente en un tono coloquial.


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