El pirata

El pirata

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—Pues no se olvide de subir las escaleras y tomar consigo ese paquete antes de hacerlo —dijo Peyrol, sin abandonar el tono malicioso—. Pero no me espere. Yo no estoy harto de la vida. Yo estoy disparu y con eso me basta. No tengo necesidad alguna de morir.

Y, por fin, se movió en su asiento, volvió la cabeza de un lado a otro, como si necesitara comprobar que no se le había petrificado el cuello, emitió una breve carcajada y gruñó: «Disparu. ¡Estoy aviado!», como si la palabra desaparecido fuera un enorme insulto que se pusiera junto al nombre de una persona en un registro. Tal como el teniente Réal advirtió con sorpresa, la palabra parecía irritarle, o quizá era algo de otra índole que pugnaba por expresarse y lo hacía de aquel modo tan curioso. En cuanto al teniente, hubo un momento en que su ira brilló para desaparecer de inmediato en una fría reflexión filosófica: «Somos víctimas del destino que nos ha unido». Pero aquello estimuló de nuevo su resentimiento. ¿Por qué había tenido que topar con aquella muchacha, o con aquella mujer de la que no sabía qué pensar y que tan horriblemente le hacía sufrir? A él, que desde pequeño se había esforzado por ahogar sus más tiernos sentimientos. Sus volubles estados de ánimo dominados por el asombro ante sí mismo y los inesperados giros de la vida le inducían a un estado de profunda abstracción, del que le sacó la voz de Peyrol, no muy alta pero sí lo suficientemente enojada.


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